Asociación Malawi-Salud
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Carmen, 2017 – hidrocefalias

 

“…El equipo de neurocirujanos de Zaragoza que se comprometió a venir hizo gala de toda su disposición y flexibilidad. Javier y David tenían ya experiencia de trabajo en África, y solo veían los aspectos positivos, venían dispuestos a triunfar y a fracasar, se trataba de empezar y dejar abierta una puerta para el futuro.

 

Nuestras compañeras de la pediatría tenían como meta que se sintieran como en casa desde el primer momento, y que todo estuviera, dentro de lo que cabe en Malawi, preparado, y así fue, desde su llegada hasta su partida; asumieron con generosidad que desde el excelente trabajo que hacían en la pediatría la atención en esos días iba para la cirugía.

 

Una vez en el hospital, los neurocirujanos estuvieron más que a la altura de las expectativas, se ganaron a todo el mundo desde la cercanía y la sencillez, como es propio de los profesionales que se sienten capaces y experimentados.

 

Concentradas y con un poco de inquietud, como en las películas de astronautas, las que estábamos en España hacíamos seguimiento de la actividad, que realmente tenía algo de operación espacial, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de cosas que podían torcerse. La preocupación dio enseguida paso a la emoción y los aplausos viendo que todo estaba saliendo, con los contratiempos que son la sal de la vida, bastante bien, y que empezaban a llegar fotos con las intervenciones, información sobre niños operados, los mensajes finales de “la ventriculostomía ha ido bien, el niño está de alta”.

 

Uno de los profesionales malawitas que participó en la actividad, Charles Phiri, hombre reservado y de pocas palabras, fue definitivo en su valoración del taller. “Wonderful”, contesto a mi pregunta por wasap de lo que le había parecido.

 

Tenía razón, era wonderful, la cirugía tiene ese poder, se trataba de tratar con una intervención al parecer simple pero sofisticada y resolutiva a niños condenados a un futuro muy incierto, que pasaban en una mañana a la categoría de niños sanos.

 

Y también es wonderful, es un verdadero lujo, poder pensar en mejorar algunas cosas en un lejano lugar del mundo y contar inmediatamente con tantas personas, voluntarios, profesionales,  donantes, dispuestas a arriesgar lo necesario para intentarlo….”

 

Jone, 2017

 

(…) En una sala pobremente ventilada de 200 m2 que contaba con 30 camas, estábamos a cargo de unos 100-150 niños, tocando a 4-5 niños por cama. Era una situación totalmente desconocida para nosotras, que hubiéramos considerado inaceptable en cualquier hospital europeo, pero era su realidad. Una vez superado el impacto del primer día y el vértigo de los siguientes, afrontamos la situación con entusiasmo y determinación, decididas a resolver el máximo de patologías y de aliviar el sufrimiento de las personas que nos rodeaban (…). El trabajo diario es duro, tanto física como mentalmente. Afrontamos situaciones estresantes y dolorosas atendiendo camillas llenas de niños anémicos, deshidratados, inconscientes, convulsionando o en parada cardiorrespiratoria. Casi todos los niños de nuestra sala se encontraban en una situación de gravedad para los que la muerte era una amenaza constante. Es duro constatar que la muerte está presente diariamente en su entorno, que es parte de sus vidas, pero no por ello es menos dolorosa (….). Te recompones como puedes y sigues, sigues trabajando. Te quedan una treintena de niños por valorar. La llegada de niños no cesa, en cuanto se libra un hueco de una cama, se sustituye por una nueva urgencia, incluso si la situación lo requiere, se hace un hueco para que pueda tumbarse un quinto niño en esa modalidad de óptima ocupación de la cama (…).

 

Releyendo lo escrito, me preocupa transmitir una idea triste de esta experiencia, fundamentalmente porque no es verdad. Nada más lejos de la realidad. Muy al contrario de lo que pueda parecer, compartir la enfermedad con estos niños y sus familiares es una experiencia vital maravillosa, que tiene muchos más elementos de alegría que de tristeza.  Los niños en general y los niños malawitas en particular son sinónimo de vitalidad, energía, alegría e ilusión. Hemos vivido momentos maravillosos que son inolvidables, hemos llorado de pena, sí, pero también de alegría. Cuando ves partir a un niño junto a su familia, recuperado de su dolencia o enfermedad, caminando y brincando por los pasillos del hospital, es imposible no emocionarse (…).

 

Como médico pude sentir la impotencia ante la falta de medios, tanto técnicos, como humanos. La falta de medicamentos básicos, la dificultad para la realización de pruebas diagnósticas, los errores y la falta de rigor en los procesos…. pero también pude comprobar el poder terapéutico de la dedicación y la entrega. Quizá no siempre para curar, pero sí para aliviar.

 

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